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| » | Página 12 - 17 de Septiembre de 2000 | |||
CENTRO DE DOCUMENTACION E INVESTIGACION DE LA CULTURA DE IZQUIERDAS Una casa que guarda la memoria Es una vieja casa de Once que guarda miles de libros y revistas, muchas únicas en el mundo. Centro de estudios, último hogar de lo que se salvó del Proceso, preserva la memoria de la izquierda La historia comenzó hace pocos años, cuando el historiador y docente Horacio Tarcus se dio cuenta de que su archivo había llegado, literalmente, a un techo: "Ya no me entraba en casa, ya no podía apilar nada más". Por su trabajo, y de puro juntapapeles, Tarcus había reunido un oceánico catálogo de la vida política argentina desde los años cincuenta. "Mi casa se empezó a transformar en una especie de archivo público", recuerda el hoy director del centro, "en el que cada semana llegaba gente del interior y del exterior a consultar publicaciones y papeles. Ya tenía ganas de hacerlo público formalmente, institucionalizarlo". Es entonces que aparece, feliz coincidencia, otro archivo, "perfectamente complementario" con el de Tarcus. Era la colección de un viejo militante, José Pañale, que pasó por todo el arco de izquierda y que pensaba como un archivista: "Primero militó en el ala izquierda de la Reforma Universitaria, en el grupo Insurrexit, el Partido Comunista hasta que lo expulsaron, y en varios grupos trotskistas de los años 30". Lo notable de Pañale fue su ecumenismo: hasta los años 50, compraba, leía y guardaba de todo, anarquismo, comunismo, socialismo, trotskismo y todos los matices de izquierda, peronismo, antiperonismo, nacionalismo. Después de una larga búsqueda, el archivo apareció, curiosamente, en manos de un empresario que lo custodiaba desde 1976, cuando Pañale, cuerdamente asustado por el golpe, se los había confiado. El problema es que el custodio, sabiendo que las universidades extranjeras pagarían bien por esas cajas, pedía 10.000 dólares por entregarlas, una cifra simplemente inalcanzable para Tarcus y sus colegas, un grupo compuesto básicamente de docentes argentinos. Fue así que comenzó la colecta entre todos los que tuvieran "algún tipo de sensibilidad con estos papeles" y quisieran que el archivo de Pañale no siguiera el camino de las mejores colecciones para estudiar la vida política argentina: París, Amsterdam, Washington o el cinturón ecológico. El problema no era de nacionalismo sino de acceso. Por ejemplo, el que quiera estudiar el anarquismo argentino tiene que poder pagarse un viaje y estadía en Holanda, donde duermen los papeles de ese movimiento.Y resultó que quedan almas sensibles. La colecta reunió 15.000 dólares, el archivo se compró con 7000 -después de un largo regateo- y con el excedente se fundó el centro. "No era mucho, pero alcanzó para alquilar la casa y comprar los materiales para hacerla habitable", recuenta Tarcus. "El centro abrió en cero, sin un peso." En abril de 1998, con una fiesta de 200 personas, abría sus puertas la casa de la calle Sarmiento, con una comisión directiva presidida por Tarcus e integrada por Roberto Pittaluga, Blas de Santos, Ana Longoni, Gabriel Rot, Fernando López, Graciela Karababikian, María Pía López y Guillermo Korn. Desde entonces, las colecciones no pararon de aumentar. En poco más de dos años, el centro recibió 300 donaciones, que van de pequeños paquetes de libros o revistas hasta los archivos de Fernando Nadra y la colección Raurich, casi 5000 libros de arte y política en varios idiomas, amorosamente coleccionados durante una vida entera. El acervo, que todavía no se pudo catalogar por entero debido a la pobreza franciscana del centro -ver recuadro- incluye entre 12.000 y 15.000 libros, 950 colecciones de publicaciones políticas, 800 de culturales y una cantidad difícil de determinar de piezas sueltas. En las estanterías que ya arquean los pisos de pinotea están a salvo obras de teatro anarquistas y socialistas, revistas de poesía, filosofía y arte, una notable colección de libros sobre la URSS -probablemente la mayor del país- y miles de publicaciones partidarias. Entre las joyas, las primeras publicaciones comunistas argentinas -La Internacional, Bandera Roja, Spartacus, Argentina Libre y la disidente de los años 20 La Chispa-, las primerísimas revistas trotskistas de los años 30 -Lucha Obrera, Inicial, El Militante, Frente Obrero- y piezas como una de las dos únicas colecciones completas en el mundo (la otra está en Italia) de Correspondencia Sudamericana, el órgano del Bureau Latinoamericano de la Internacional Comunista en la década del veinte. Para los estudiosos de Gramsci, están las colecciones de Pasado y Presente -la italiana y la argentina-, de Manifiesto y de Crítica Marxista. Para los muchos que se apasionan con los años 50 y 60, están Les Temps Modernes, editada por Jean Paul Sartre. También se destacan las colecciones de revistas antifascistas: el centro atesora las argentinas, muchas de las europeas y las que se editaron aquí en lenguas extranjeras, como La Francia Libre y La Voz de Italia. Entre las secciones menos conocidas de la hemeroteca está la de publicaciones nacionales, españolas y mexicanas sobre la Guerra Civil española, que incluye buena parte de los periódicos partidarios de ambos bandos y una rarísima serie de ediciones del Partido Obrero de Unificación Marxista, el pequeño POUM que hizo famoso George Orwell. Por su flaco presupuesto, el centro abre sólo los martes y viernes, en Sarmiento 3433, días en que se llena a capacidad de estudiantes, tesistas y estudiosos. "Aquí viene desde un Tulio Halperin Donghi hasta un universitario que investiga algún tema de la izquierda sesentista", explican los directivos del centro, que se emocionan recordando cuando comenzaron a llegar jóvenes militantes de HIJOS, con el dato de en qué grupo militaban sus padres y queriendo saber qué pensaban y escribían. La hemeroteca reparó un verdadero quiebre en la historia argentina: al descaso argentino por su memoria, se sumó la purga masiva de bibliotecas realizada en 1976, cuando miles de volúmenes se perdieron para siempre. "Los chicos en la facultad no podían hacer trabajos sobre la izquierda," resume Tarcus, "porque no existía el material. Los profesores les decían que cambien de tema. Ahora vienen acá". Plata, sólo de Harvard El Fondo Nacional de las Artes nunca contestó siquiera el modesto pedido de fondos para ayudar a catalogar las colecciones, lo que implica entre otras cosas armar más estanterías. La ciudad de Buenos Aires, en un reconocimiento, declaró al centro "de interés para la ciudad", pero tampoco puso un peso: la Comisión de Patrimonio negó dos veces el subsidio pedido y contestó que no hay disponible ninguna sede propia que el archivo pueda usar para no pagar más alquiler. Mientras el Estado lo ignora, el centro vive de lo que aportan algunos socios y de donaciones que vienen de bolsillos estudiantiles. El resto lo hace el trabajo voluntario de personas que donan una tarde de trabajo y de los miembros de su concejo, que tienen a la biblioteca como un segundo empleo no remunerado. |
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